martes, 26 de febrero de 2013

Boca Flor.



La encontré en el suelo completamente inmóvil. Su pálida piel iluminaba como brillo de luna a quien observara, sus ojos sobrevivían en la oscuridad implementada por sus párpados, los cuales solían inducirla a un estado de nirvana; sus rojos labios se aclaraban con las pinceladas del tiempo a medida que éste pasaba, su pelo creaba una conexión de raíces, raíces desgarrando y soltándose del suelo como árbol talado que cae con la despedida de su estruendo.  Su alma y esencia se apagaban, era una bomba de tiempo en cámara lenta. El frío se impregnaba en su cuerpo y lo hacía centellar como cristales frente a la luz, se volvía prisma refractando y, al mismo tiempo, perdiendo todos sus colores. Líneas, siluetas y contornos se mostraban en su ropa como una escultura de Bernini, la más hermosa jamás creada.
Mi cuerpo se estremecía en un silencio paralizante, mi estático ser no encontraba salida de las ataduras del miedo. “Tic” “tac” “tic” “tac” me acribillaba el reloj con su pasar. Me empapaba en una sensación inhóspita, fuertes latidos herían mi pecho casi con el afán de romperlo y escapar. Mis ojos dispararon, al mismo tiempo que archivaba la imagen en mi cabeza.
Rápidamente me acerqué, casi hasta me tumbé sobre ella.  Enfrascado en un ambiente de confusión e irrealidades. Veía su cansado pecho subir y bajar como el oleaje de un mar en la noche, veía los cambios en su semblante dejándome entrever su dolor.  La colmaba de preguntas, ahogándome en la esperanza de oír una respuesta. Me abstraía con la imagen de su dolor, embebido en su hálito que se vaciaba en cada exhalación.
Abrió los ojos, su mirada era inerte y cargada de incógnitas. Me ubiqué en su cabeza cayendo en una mirada recíproca. No esperaba oír algo porque la misma situación contaba la historia. La estaba perdiendo. Su boca se abría mientras gastando sus fuerzas levantaba el brazo atrayéndome hacía ella. Estábamos tan unidos que nos mezclábamos, sus labios estaban secos y teñidos en una mezcla de palidez y violeta, y ahí fue cuando con su último impulso de energía dijo: “Renaceré de la tierra de la cual una vez fui semilla y aguardaré en tu jardín hasta volvernos a encontrar”.  Después de eso, murió. Su cuerpo se libró y encontró el descanso. Su semblante mutó hacía un somnoliento adiós. Mi mente jugaba entre la certeza de su muerte o la irrealidad de esperar su despertar. Inmóvil yacía al lado mío con su boca abierta y envuelta en una pureza degustadora del observador. Tomé su mano y me quedé a su lado. Comencé a sollozar, la angustia impactaba mi cuerpo como un gran mazo, inhabilitándome reaccionar. Estuve a su lado por un largo tiempo, ya me empezaba a calmar aunque las lágrimas no tomaban receso y seguían cayendo. Una lágrima cayó dentro de su boca y juro haber sentido algo. Sin darme tiempo las venas de su cuerpo empezaron a notarse más y más, su azulado con tintes de morado se distinguía entre su pálida piel. El vertiginoso suceso hizo que me apartara unos centímetros de su cuerpo mientras observaba y trataba de comprender lo que sucedía. ¿Seguía viva o la muerte mostraba sus rastros con el tiempo?  Las conexiones de venas emprendían desde sus pies y al igual del fluir de un río no obstaculizado se dirigían hacía su cabeza. Sonaban como si uno arrancara las raíces del suelo a medida que estas se iban quebrando.  Mientras estas se movían, yo también lo hacía. Acercándome cada vez más a ella. Las venas sucumbieron en su boca, la cual todavía permanecía abierta, y callaron. Miré dentro de ella, y aún con las lámparas alumbrando desde el cielorraso, no lograba divisar nada. Movía mis ojos de un lado a otro tratando de encontrar algo cuando de repente estos impactaron en el centro de su boca. ¿Qué es eso?. No. ¿Podría ser?.  Era algo verde, algo que crecía y se retorcía mientras lo hacía. No lograba descifrar todavía qué era eso que brotaba en el interior de su boca. Me acerqué más, casi hasta mi rostro estaba a punto de tocar sus labios cuando realmente conseguí entender qué era. Un tallo. Tardé varios minutos en caer en que lo que veía era real, a medida que este iba creciendo. Sí, lo era. Un tallo. Me repetí de vuelta. Cómo era posible que dentro del interior de un ser humano, en este caso ya muerto, pudiera crecer una flor. Mi mente divagó en ideas y cuentos de la infancia y de lo extrañado caí hasta en lo gracioso de llegar a creer como cuando uno es niño y te dicen que al comer una semilla, te crecería la planta dentro del cuerpo.  No sabía qué hacer por lo que me quedé mirándolo crecer.  Pasado unos minutos llegué al punto de pensar  que quizás era algo malo, algún insecto o quizás alguna rara mutación o enfermedad pudiera estar dañando lo que quedaba de su cuerpo. Me levanté rápidamente y abrí uno de los estantes y tomé una tijera. Cuando el filo de esta estaba a punto de cortar ese tallo, me recorrió una extraña sensación de que estaba, de hecho, haciendo algo malo. Solté la tijera y noté que no sólo era un tallo si no que en su punta se estaba formando una flor. Una hermosa flor. Sus pétalos iban desde un negro y en degradé terminaban en un rojo llamativo. Era una rosa, reconocí ágilmente. Estiré mi brazo hacía ella y la tomé, sentí un “click” que me dio a entender que se había desprendido de su base. La miré detenidamente, al mismo tiempo que veía el cuerpo yacido en el suelo. Y sonreí. Después de eso pasó un mes desde su muerte. Y en ese tiempo había decidido plantar la rosa en mi jardín. Todos los días la miro, cuido y hablo, entendiéndome perfectamente con ella. Y recordé lo que me había dicho antes de morir, quizás la rosa sea su alma, brotando y moviéndose en ese jardín hasta que sea tiempo de sembrar mi alma junto a la suya y reencontrarnos. 

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